21 enero, 2010

Genio y figura



Frágil y delicada aparece en la sala apoyada sobre una muleta. Viste clásica a juego con su melena blanca y adulta. Saluda tímida pero firme. Observa, no deja de observar. A pesar de su exitosa carrera literaria y de su prestigio internacional pregunta antes de sentarse: "¿cuál es mi sitio?". A lo que le responden para decidir: "¿cuál es tu oído bueno?" - "pues ninguno, hija, ninguno" contesta con ironía Ana María Matute mientras el micro abierto le juega la mala pasada.

El tono de voz de Matute resulta suave, armónico e intencionado. Ella sabe como convertir la sala de conferencias en un pequeño y acogedor salón. Pronto todos estamos en familia escuchando los recuerdos que Ana María intenta dibujar. Acompañado de un presunto vaso de coca-cola, todo sea dicho.

Antes, durante su presentación, la escritora apenas muestra el mínimo interés mientras enumeran sus premios, sus logros y sus reconocimientos literarios. Sólo asiente, con mirada pícara, cuando se le cita como escritora de cuentos. Y es que aquella niña de ayer tiene mucho que ver con la anciana de hoy. Pronto lo reconoce ante el auditorio.

Narrando los detalles de su infancia se muestra entrañable pero cuando hace referencia a capítulos personales menos simpáticos sabe transformar la voz, especialmene con su "marido malo" y la custodia de su hijo; en ese momento coge aire y su voz más aspera hace el resto. Habla con el corazón y transmite con la mirada. Afirma no oír pero uno tiene la clara sospecha de que algún día decidió no escuchar algunas cosas. No es lo mismo.

La carrera literaria de Ana María Matute está marcada por la Guerra Civil española, que la asaltó a la temprana e inoportuna edad de los 11 años; apenas siendo moza. Ella misma cuenta con gestos cómplices que no soporta los fuegos artificiales: "se asemejan tanto a los bombardeos que el sonido me parece idéntico". Y lo cuenta con miedo como si aquel drama fuera a ocurrir mañana mismo. En cambio reconoce que aquella miseria le permitió hacer cosas que jamás había hecho: "nosotras no salíamos prácticamente de casa y de pronto nos vimos haciendo cosas de adultos: haciendo la cola para comprar el pan, por ejemplo. A todos nos marcó aquello demasiado". Por eso en sus obras siempre aparece alguna alusión. En su último trabajo la nombra como la gran amenaza puesto que el desenlace se resuelve a unos días del estallido del drama.

Cuenta con asombro que durante su infancia descubrió la literatura en el cuarto obscuro. Reconoce habérselo pasado muy bien en aquel tenebroso lugar. Porque aquél negro se transformaba con el paso de los segundos en siluetas y porque allí, sola y sin luz, ella intentaba dar sentido a la nada y encontrar cosas que apenas podía ver. "Recuerdo que una vez saqué un tarrón de azúcar que escondía en el bolsillo y que, al partir por la mitad, me encontré con un haz de luz azul. Allí pensé que era maga".

Matute, una mujer con la ironía de los mordaces, la determinación de los cortantes y la sensibilidad de las buenas personas. Una escritora que de una forma u otra llega al corazón.