26 enero, 2009

SE APAGÓ LA LUZ

Se levanta en mitad de la noche esperando que la calma esté en orden. No puede dormir por alguna extraña sensación que apenas puede entender. Está nerviosa. Coloca la manta en su lugar para que ése maldito insomnio no despierte a su marido. Y al llegar al pasillo enciende la luz y cierra la puerta.

En la cocina 'pica' algo en compañía de un vaso de leche. Recién desvelado, su cuerpo no pide la silla y resiste apoyada en la encimera. Piensa en nada y en todo al mismo tiempo. ¿Qué demonios le pasa que no puede dormir?

Sin más ruido que la noche y sin más compañía que su ansiedad, la madre echa un vistazo al cuarto de los niños. Duermen en la misma habitación uno encima de la otra en una litera recién estrenada. Ella abraza
da a su peluche porque le da miedo la oscuridad. Él ha alborotado las sábanas porque no para de moverse. Es muy nervioso. Y encima de una silla menuda, de escritorio, tiene colocada y doblada a la perfección la ropa de béisbol de mañana. Juega contra su vecino y amigo Luís en la categoría de alevin y sabe que, por primera vez en mucho tiempo, papá estará en el campo para ver el partido.

La madre sonríe al contemplar la ropa. "Pero si parece un jugador profesional y apenas tiene 10 años", susurra. Entonces se queda mirando a ambos y en dos minutos recuerda cada momento desde que los dos 'peques' llegaron al mundo. Un leve suspiro y objetivo conseguido: parece que la maldita e inoportuna ansiedad se ha calmado al echar una mirada atrás y arropar a los suyos en silencio. Parece, incluso, más cansada que cuando se desveló hace unos minutos. Vuelta a la cama para no regresar jamás.

Horas después la sonrisa de aquella madrugada viendo a los niños se torna en lágrimas y desesperación. En mitad del partido, y por culpa del fuerte temporal, el techo de un polideportivo se vino abajo y se posó encima del pequeño Jorge, el niño que soñaba con ser visto y aplaudido por papá.

Se acabaron los sueños d
e unos padres que deseaban verlo crecer; se acabaron las peleas en casa entre los dos hermanos por ver quién controlaba el mando a distancia; se acabó la vida del niño, del padre, de la madre y de toda la familia porque el drama vino en forma de pesadilla.

Ahora ella entiende por qué no podía dormir. El instinto la alarmó por algo que iba a suceder y el destino la despertó para que, en mitad de la madrugada, pudiera despedirse del 'peque' desde la puerta y recordando ca
da instante desde que salió de su cuerpo.

Maldita la muerte, maldita la desgracia. Aquéllos 4 niños tenían toda la vida por delante y aquéllos padres tenían el derecho de verlos crecer. Aquél viento no tenía ninguna razón para ar
rancar tantas vidas y sembrar tanta desesperación. De alguna manera hoy me siento huérfano de hijos y huérfano de hermanos porque aquellas pobres criaturas, tan indefensas, no hacían otra cosa que jugar entre amigos. Maldita la muerte, maldita la desgracia.
Los féretros nunca deberían tener ese tamaño tan pequeño.

4 comentarios:

Poli dijo...

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

de Miguel Hernández.

Que triste.
Un fuerte abrazo.

Carlos Felipe dijo...

Gracias poli... por tu comentario, por tu visita y por 'robar' versos tan hermosos y tan directos.

Yo tampoco perdono esta desdicha y este drama. He imaginado las lágrimas de la pobre madre; los ojos rabiosos del padre... y el desconsuelo de unos y de otros... y me pongo a temblar...

Cecilia Alameda Sol dijo...

Se me han puesto los pelos de punta. ¡Cómo deben sufrir esos padres! Y qué razón tienes: ningún niño debería morir, ninguno. Ni de hambre, ni por violencia, ni por el temporal, ni por el tráfico.

difistinto dijo...

Muy triste historia. Todo lo relacionado con el dolor en el que un niño sea protagonista, es terriblemente injusto.Hay que cuidar a nuestros niños. Son inocentes del mundo que les dejamos.